Sin levantar el lápiz

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Los naipes Match 4

Página 11 · Textos publicados entre el 26 de noviembre de 2014 y el 9 de junio de 2015.

Hay un sueño que creo que se me repite bastante. Voy caminando por una calle que empiezo a reconocer poco a poco. Las casas me parecen familiares. Después veo una y me doy cuenta de que es la casa de un vecino conocido de algún lado. Llego a la puerta de la casa a la que me dirigía y es la casa de la abuela.

Cuando entro me atiende ella. Para mi sorpresa está viva.

El sueño transcurre en la actualidad y no en el pasado. Mi abuela hace rato que se fue a algún lugar, donde quiera que vayan las personas excelentes. Está bastante más vieja por el obvio paso del tiempo. En uno de esos sueños la vi con más canas que en los anteriores.

Siempre la saludo con un abrazo muy largo.

No sé qué significará, o si tiene algún significado. Lo único que puedo decir es que el sueño es muy real. Hay veces que le pido cosas a mi abuela —sí, estoy loco— y creo que de a poco me las cumple. No le pido cualquier boludez. Le pido cosas que considero importantes.

¿Por qué se las pido a mi abuela Ángela? Porque mi abuela siempre me daba lo que quería. Casi nunca decía “no” o “no puedo”. Cuando llegaba de visita me compraba un mazo de cartas nuevo. Naipes Match 4. Llegué a tener más de 24 mazos: de autos, motos, helicópteros, superhéroes. Jugar a los naipes era muy divertido.

Me pregunto cómo pude haber sido tan descuidado de perder toda la colección.

También me dejaba cocinar con mi amigo Víctor, que siempre me visitaba cuando iba para el barrio de la abuela. Nos dejaba hacer prácticamente lo que teníamos ganas y entre esas cosas nos daban ganas de cocinar. Generalmente hacíamos pollo al horno con papas. Ella nos ayudaba un poco, obvio, pero nosotros también metíamos mano. Y salía rico y todo.

Otras veces nos pintaba “limpiar”. Enjabonábamos el piso con la excusa de que íbamos a limpiarlo y después resbalábamos por toda la galería, que era bastante larga. No sé cómo nunca me rompí un diente haciendo eso.

Muchos años después estaba sentado al lado del asador haciendo matambrito de cerdo, escuchando Black Uhuru al calor de la llama. Era una noche tranquila, nublada, húmeda, típica de Santa Fe. Me pregunté cuándo había aprendido a asar. La verdad, no me acordaba. Tampoco sabía si había sido algo como ponerme a aprender. A lo mejor lo hice y ya.

Otro día cociné una tortilla. Primero pelé las papas muy lentamente. Bah, en realidad con tranquilidad, no sé si tan lento. Una por una les fui sacando la cáscara debajo del chorro de la canilla. Cuando la última estuvo lista saqué la tabla de madera, las corté en cubitos y las empecé a freír.

Mientras miraba y escuchaba el sonido del aceite calentándose en la sartén se me ocurrió cortar unas cebollas y ponerlas a ver qué onda. Después de un rato las papas estaban cocinadas. Rompí tres huevos de mis gallinas, que vivían en libertad, y mezclé todo.

La mesa estaba servida.

El primer bocado me hizo dar cuenta de dos cosas. Una: la tortilla estaba riquísima. Dos: mi abuela Ángela hacía la tortilla de esa forma.

Me encantaba comer esa tortilla y ese día me acordé.

Abuela, donde quiera que estés, te quiero mucho. Nos vemos.

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