Sin levantar el lápiz
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La casa de los patios
Página 18 · 16 de septiembre de 2026.
Era el año 2004 y yo vivía en la casa de mi abuela, en pasaje Lassaga, con Yanina, que en ese momento era mi mujer. Yo tenía unos hermosos 26 años. Y me acuerdo que todavía éramos estudiantes, no teníamos un peso. Un día, no sé por qué ni cómo, me llegó un mail con una propuesta de trabajo para una empresa de telefonía; puedo arriesgar que se llamaba Sofrecom y que pertenecía a otro grupo más grande, o algo así. La propuesta era para trabajar en Buenos Aires. Yo respondí el mail sin ningún tipo de esperanza de nada, pero lo respondí. Unos días más tarde, creo que mi mamá me dijo que mi abuela o mi tío le dijeron que yo me tenía que ir de la casa de mi abuela. Creo que, como Yanina estaba viviendo conmigo, mi tío flasheó que yo me iba a quedar con su herencia (pobre tipo). Bueno, la noticia me cayó como un balde de agua, dado que, repito, no teníamos un peso ni posibilidades de alquilar nada. Unos días después, no sé cómo hicimos, pero logramos alquilar una casita en barrio Candioti. Era re simpática, y el barrio era genial, me acuerdo de eso. Tenía un primer piso, cosa que también me encantaba. En ese tiempo, yo ya tenía una vida bastante armada: estudiaba en la UNL, era ayudante de cátedra de Fundamentos de Programación y Programación 1, era el técnico que se encargaba de mantener las computadoras en la Facu y además trabajaba en una pasantía en el Rectorado de la UNL. Y fuera de eso tenía una banda de rock que me encantaba, se llamaba Nydea, y estuvimos, no sé, más de un año para sacar cuatro temas; eso sí, sonaban re copados.
Unos pocos días después de la mudanza, no había llegado ni a habitar la nueva y simpática casa en barrio Candioti, cuando me respondieron el mail que había mandado por el trabajo en Buenos Aires para Sofrecom. Yo no lo podía creer; para mí era imposible que me llamaran, sin embargo sucedió... Y boom, le conté a Yanina y se me vinieron un montón de dudas, con una pregunta principal: ¿Nos mudamos a Buenos Aires? Eso implicaba que obviamente tenía que dejar mis trabajos, mi banda, mis amigos, el grupo de usuarios de Linux, todo atrás... Para mí eso lucía bastante terrible, pero Yanina estaba muy segura de que nos teníamos que mudar, y me acuerdo que Alicia, mi suegra en ese momento, nos decía que vayamos, que esto, que lo otro: "Buenos Aires es hermoso, los edificios, la cantidad de cosas que hay para hacer, ¡vayan!".
Bueno, después de varios días de dudas y de hablar con mi familia y mis amigos, lo decidimos. La idea era simple: primero iba yo solo, porque el primer paso era hacer un curso, y los que aprobaban ese curso pasaban a la instancia siguiente. Creo que el curso duraba un mes o algo así. Llegó el día, me fui con una valija (que era bastante precaria) a una pensión que no me puedo acordar cómo habíamos conseguido, quizás buscando en internet o por recomendación. La verdad, no recuerdo. El lugar se llamaba "La casa de los patios". Después de unas siete horas de viaje en colectivo llegué a Capital Federal. Parecía un campesino; era mi primera vez en una ciudad tan grande... La idea era que una tía de Yanina, que vivía en Moreno, Buenos Aires, me iba a esperar, así me guiaba un poco. Bueno, al llegar a Retiro me fui directo a la pensión, creo que fui en taxi. Al llegar, toco el timbre y sale una señora gorda con un pucho en la boca, y me dice: —¿Gastón?, - Sí, le digo, hola. Hola, yo soy Patricia (era la encargada del lugar, la Patri). - Pasá... Bueno, entramos a lo que sería una sala de estar tipo recepción del lugar. Nos sentamos en unos sillones que no estaban mal. La Patri fumaba y echaba humo, que parecía una chimenea. En un momento me dice: —Ya vengo, voy a buscar un café. ¿Querés uno? Le dije que no. En ese momento llega la tía de Yanina y la Patri la hace pasar. La Patri, al volver con su café, me explica las reglas de la pensión, con su voz ronca, áspera, sosteniendo el pucho con un pulso tembloroso y con la comisura de los labios hacia abajo: - No se puede invitar a nadie externo a la pensión. - No se pueden dejar platos ni ollas sucias en la cocina. - No se puede entrar a la habitación de ninguno de los demás inquilinos. - No se puede tomar alcohol, no drogas.
Y muchas otras restricciones. Al mirar un poco más la casa, que era enorme, me doy cuenta de que era una construcción antigua, pero tenía una mística, algo, hasta diría que había un sentimiento de hogar. Bueno, después de toda esa explicación, me dijo: "Vamos, que te muestro el lugar". Fuimos primero a la cocina, había una chica y un chico (Gonza y Brenda); los saludo y ellos me saludan, me miran sin mucha importancia. Después fuimos a la terraza, que era grande, tipo patio. Después recorrimos los dos patios de la casa, que estaban separados por dos habitaciones, y por último fuimos a mi habitación, que recién hoy por hoy razono lo chiquita y horrible que era. Creo que las paredes eran de durlock, no tenía ventanas y cama... madre mía, pero bueno, era lo que había. Después de mostrarme la habitación, la tía de Yanina me dice: "Bueno, yo me voy, cualquier cosa tenés mi nro. de teléfono". La Patri me dice: "Bueno, te dejo, así te acomodás".
Y me quedé solo en mi habitación... en una pieza de, no sé, 2 x 3 metros habrá tenido, literal, sin ventanas. En ese momento, creo que tenía un celular Nokia de esos que parecían ladrillos, con SMS. Me recosté en la cama; pasó el tiempo... probablemente unas horas... No sabía qué hacer, no me animaba a salir. Yo soy muy tímido a veces y muy pelotudo... pero después de un rato largo el aburrimiento era tanto que me dije: «¡Ma, síííííí, yo salgo!». Y me fui a la cocina. Entro y había una chica lavando los platos. Me sirvo un vaso de agua, porque no sabía qué carajo hacer, y ella me dice con una voz desinteresada: "Hola, soy Brenda...". Tenía el pelo lacio, despeinado, un jogging y pantuflas... Le respondo: "Hola, ¿qué tal? Soy Gastón". Me pregunta: "¿Qué hacés por acá?" y le cuento que vengo por un posible trabajo, que soy de Santa Fe y que recién llegué, que no entiendo nada... Me dice: "Bueno, no te preocupes, acá nos ayudamos entre todos. La Patri parece un poco estricta, pero es buena". Estuvimos un rato hablando y, en un momento, entra un chico. Brenda le dice: "Hola, Gonza...". Lo saludo: "Hola, ¿qué tal?". Gonza le dice a Brenda: "¿Tomamos una birra esta noche?". Y le digo: "¿Cómo? ¿No era que no se podía tomar?". Y me responde: —Tranqui, tenemos nuestros métodos y la Patri ni se da cuenta. Entonces pienso: recién llego y ya voy a estar rompiendo las reglas, me van a echar a la mierda.
Volví a mi pieza un rato, me quedé leyendo un poco y ordenando mis cosas, pensando... ¿Qué mierda estoy haciendo yo solo, acá en Bs. As., solísimo, en una pensión? ¡En una pensión, me entendés! Por un posible, y repito... posible trabajo, durmiendo en una pieza asquerosa, con paredes de Durlock y un colchón más fino que mi billetera. En eso: tock, tock, golpean la puerta... abro. Y es Brenda: "¿Estamos en la terraza, tomando una birra con los chicos, venís?". Me cortó el mambo de locura que tenía. Le digo: "Dale, de una. Vamos...".
No sé realmente si fue esa noche o algunos días después, pero una noche de esas tomamos unas birras en la terraza. Gonza sacó la guitarra y tocó unos temas, y también toqué. Para esa época yo todavía no cantaba, pero hice lo mío. En esos mismos días también conocí a Romi y a Seba. Esa noche fue mágica: la luna alumbraba como nunca, en el aire se respiraba el tango de Bs. As., el olor a pizza porteña de los bares del barrio, los ruidos del tráfico, las ambulancias. Entre todos nos llenamos de historias; cada uno resongaba por sus temas a cuestas, pero además reíamos, y mucho. Nos mirábamos, nos observábamos y nos escuchábamos, sin saber que esa noche iba a quedar grabada en nuestra memoria, en nuestra historia. El Gonza tocaba jazz, parecía que se quería hacer el intelectual; en cambio, el Seba tocaba milongas y cosas populares, y yo... yo tocaba temas de La Renga, podía tocar todos los temas de todos los discos. Brenda, que todavía estaba vestida de oficina, me servía birra, me atendía como si me conociera de toda la vida; para ese momento ya me invitaba a comer con ella, me cocinaba.
Intervención de IA: I1/5 — puntuación y formato; el texto termina en «me cocinaba» por decisión de Gastón. Ver la escala completa.