Sin levantar el lápiz

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Dos tarados vestidos de traje en un distrito militar

Página 15 · Domingo 9 de agosto de 2026.

Era un viernes de verano, y en la semana habíamos ido con mi amigo Gastón a Legión de María. Sí... yo iba a Legión de María a los dieciséis años, o algo así. Gastón sacó el dato de ahí: el sábado era el cumpleaños de 15 de una piba que parecía que iba a estar muy bueno.

No sé si les conté que en esa época de mi vida mis amigos y yo teníamos como hobby colarnos a cumpleaños de 15, pero con Gastón no era sólo un hobby: era casi una obsesión. Llegando el fin de semana íbamos buscando datos por todos lados de cuáles eran los cumpleaños de 15 venideros. Los olfateábamos. Éramos perros policía de cumpleaños de 15.

Bueno, la cosa es así. Llegó el sábado.

—¿Dónde es el cumple?

—En el distrito militar, en avenida Freyre.

—Genial, bueno, ¿te paso a buscar como a las 11 hs?

—¡No! Tenemos que ir más temprano así nos colamos a la cena...

—¿A la cena? ¿Estás loco?

—Sí, nos colamos a la cena. Nadie va a sospechar de nosotros. Además, yo la conozco a la chica, haceme caso.

—¿La conocés? Bueno, dale, tenés razón, vamos.

Dicho y hecho. Me bañé más temprano, me puse mi traje de colarme a los cumpleaños de 15, porque si uno hace algo lo tiene que hacer con seguridad. Estar colado en un cumple vestido de traje hace que la gente desconfíe menos, pero además nos generaba una sensación de seguridad. Lo tomábamos como un trabajo. Era genial.

Bueno, lo pasé a buscar a Gastón, nos tomamos el cole y fuimos los dos trajeados arriba del colectivo, porque obviamente éramos pobres y no teníamos auto. Llegamos al lugar. Efectivamente era en el distrito militar. En la puerta había dos gendarmes, con fusiles, vestidos de verde, con casco y todo, en fin.

—¿Cómo vamos a hacer?

—Vamos por el costado, por la calle del costado. Dale, de una.

A todo esto eran como las 9:30 de la noche, es decir, la cosa recién comenzaba. Y el cumple parecía prometedor: todas nuestras amigas de Legión de María estaban adentro del cumpleaños y la adrenalina subía cada vez más. Esta era la mejor parte de la noche.

Entonces fuimos por calle Corrientes. El distrito ocupaba toda la cuadra y estaba rodeado por unas rejas verde oscuro, del mismo color de los Falcons. Terrible.

Gastón me dijo:

—Andá primero vos, yo te hago pie.

Me hizo pie, trepé la reja y ya estaba arriba. Siempre fui bueno para trepar rejas en distritos militares... :) En fin, desde arriba agarré a Gastón de la mano para que él pudiera subir. Subió y saltamos al otro lado.

Estábamos adentro.

—Noooo, boludo, estamos re locos. Nos van a matar acá.

—No pasa nada, boludo, seguí caminando despacio.

Estaba todo muy oscuro y sólo se escuchaba la música jazz típica de cena de cumpleaños de 15 paquete.

—Ahí viene alguien, la puta madre, son dos gendarmes.

—Metete al baño.

Nos metimos al baño que estaba afuera, no sé por qué motivo, y nos pusimos a mear. Se escucha que se abre la puerta: rrrruuaaa.

—¡Muchachos! ¿Ustedes estaban en el cumpleaños?

—Sí... pero salimos a tomar aire y vinimos acá al baño.

—Bueno, muéstrenme las tarjetas.

—No las tenemos, las dejamos adentro —respondí yo con voz de nervioso.

—Mmmm, no sé, no les creo.

—Pero sí, señor, pregúntele a Mariana —dijo Gastón.

Nosotros sabíamos el nombre y muchas cosas más porque hacíamos la tarea, investigábamos.

—Hagamos una cosa: salgan afuera y vuelvan a entrar, porque si este hubiese sido otro distrito, no sé qué hubiese pasado.

Entonces no nos quedó otra que salir. Failure total. Estábamos re cagados de miedo por lo que había pasado, pero también tristes. Nosotros nunca fracasábamos en nuestras coladas.

Entonces Gastón dijo:

—¡Vamos a probar de nuevo!

—¿De nuevo? ¿Tas loco? ¿Qué querés, que nos maten de un tiro? ¿No te diste cuenta de que estábamos adentro de un distrito militar colándonos? ¡Es una locura!

—Dale, no seas puto, ¡vamos!

—Dale, me convenciste. Yo tampoco me quiero quedar así.

Volvimos a calle Corrientes, a la vuelta del distrito, pero esta vez dijimos: «No, mejor vamos por la otra calle». Había muchísima luz ahí.

—Rompamos el foco.

—¿Qué? ¿El foco de la calle?

—Sí, el foco de la calle. Dejame a mí.

Primero intenté. Encontré una piedra bastante grande, apunté, tiré con todas mis fuerzas y le erré.

—Dejame a mí —dijo Gastón.

Misma película: apunta, tira y erra. El foco estaba muy alto.

—Dejame probar de nuevo.

Junta la misma piedra. Los ojos de Gastón se llenaron de ira por algún motivo. Entonces dispara con una fuerza que jamás le había visto hacer. La piedra llegó al foco con una potencia increíble.

¡PUUUUUMMMM! El foco explotó como una bomba. Nosotros salimos corriendo automáticamente, corrimos como nunca, como dos cuadras, porque era obvio que los gendarmes nos iban a ver, iban a escuchar esa terrible explosión.

Esperamos como treinta minutos escondidos y no pasó nada, así que volvimos.

—Bueno, dale, vamos de nuevo ahora que está todo oscuro. Este lugar es perfecto.

—Dale, te hago pie como hoy.

En cinco minutos estábamos adentro de nuevo. Mi corazón latía a mil por hora, y puedo estar seguro de que el corazón de Gastón también. Ninguno de los dos decía nada: sólo caminábamos lo más rápido que podíamos por el jardín enorme del distrito militar.

Éramos dos tarados vestidos de traje en un distrito militar.

Logramos entrar a la cocina de la organización. Parecía una de esas cocinas de las películas donde hay chinos cocinando y sale mucho vapor.

Gastón, re pillo, entró y dijo:

—Hola, buenas noches.

Sin pensarlo mucho, yo también saludé. En treinta segundos pasamos de la cocina al salón principal, cruzamos el sonido y la gente todavía seguía llegando.

Viene una mujer y nos dice:

—Chicos, vengan por acá, cerca de la mesa de Mariana.

En este punto nosotros saludábamos a todos como dos campeones. Nos acomodaron en una mesa. El cumple era re fifí, todo muy bien arreglado, hasta el más mínimo detalle.

Ya sentados en la mesa, lo peor que podía pasar pasó. Venía Mariana caminando con su padre al lado, que obviamente estaba vestido de militar. De él colgaban varias medallas en su traje milico.

Con Gastón nos miramos. Nuestra mirada fue una mirada de resignación, de «Ahora sí estamos en serios problemas...».

Hasta que Gastón hizo lo que mejor hace: se paró y dijo:

—¡Hola! ¡Mariana, qué linda estás!

Mariana se quedó mirando cinco segundos. Fueron los cinco segundos más largos de mi vida.

—¡Hola! ¡Gracias, amigo!

Uffffffffff, respiré. Y también hice la misma jugada:

—Hola, Mariana...

Mariana siguió por las otras mesas y la noche siguió su camino: cena, helado, sandwichitos y un DJ que era un capo animando.

Esa noche hice algo que nunca hago: bailé hasta los temas de Luis Miguel. Bailé sin escrúpulos, sin límites. Gastón hizo lo mismo. Bailamos tanto que nos sacamos las zapatillas.

Y jamás voy a olvidar el momento en que sonó «Brillante sobre el mic», de Fito Páez. A mí no me gusta Fito Páez, pero ese día sí. Ese día fue inolvidable.

«Brillante sobre el mic», «recuerdos que no voy a olvidar...», decía la canción. Y tenía razón.

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