Sin levantar el lápiz

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La abuela Ángela y las armas de madera

Página 20 · 18 de septiembre de 2026.

Mi abuela, que en realidad era mi bisabuela, se llamaba Ángela; nunca vi que un nombre esté tan bien puesto: ella era la persona más buena que conocí en mi vida, era una persona simple, realmente simple, tenía el pelo no muy largo con rulos, rulos fuertes y era morocha, su forma de hablar era tranquila, nunca la escuché levantar la voz, ni siquiera hablar fuerte. Me acuerdo que yo siempre esperaba el viernes para ir a su casa, los fines de semana eran hermosos por eso, porque me iba a lo de “La Abuela Ángela”, yo me iba caminando, en esa época vivíamos todos cerca, en el mismo barrio. Para llegar a la casa de la Abuela había que cruzar la vía, y después la avenida López y Planes. En la casa de la abuela uno podía hacer lo que quería, sí, era la casa de la libertad, casi libertinaje. La casa era una casa antigua, esas que se le dicen chorizo, con una galería muy larga, era una casa humilde, pero era linda. La abuela Ángela lavaba ropa a mano y planchaba, y lo hacía muy bien! Es más, creo que nunca volví a ver una persona que lo hacía tan bien como mi abuela, ella lavaba la ropa de todo el barrio, y todo el barrio la conocía como “Doña Ángela”, era muy querida.

Me acuerdo una vez, era un viernes, mi abuela siempre fue pobre, nunca tuvo mucho y cada vez que tenía plata se la gastaba, no pensaba mucho en el futuro, es así que un viernes cobró una plata de la ropa que había lavado en la semana y me dijo: “Nene, esta noche vamos a comer y a tomar un helado”, yo me puse re contento de eso, con ella nunca me aburría, dicho y hecho se hizo la noche y fuimos a un barcito en la avenida, comimos una picada santafesina, milanesas, papas fritas, salamín, queso salchichitas y ella se tomó uno lisos, aunque no tomaba mucho. Me acuerdo de ese sentimiento de felicidad que me invadía por el sólo hecho de saber que llegaba el viernes, y cuando ya iba caminando para su casa con mi bolso…fooo más todavía, como algo tan simple me podía hacer tan feliz, no creo haber experimentado una felicidad tan pura nunca más.

En la casa de la abuela yo tenía un amigo, el Víctor, su mamá, la Vilma, era amiga de la abuela, con el Víctor nos dedicábamos a hacer lo que se nos raje el orto, por ejemplo enjabonábamos toda la galería que era larguísima y después tomábamos carrera y nos tirábamos en el piso para deslizarnos.

La casa de mi abuela parecía la casa del pueblo, no tenía llave, es decir la puerta de la calle no tenía llave, la llave no existía, es más, creo que ninguna de todas las puertas de la casa tenía llave. A mí lo que más me gustaba era el living, tenía piso de baldosas rojas, el cielorraso era alto, como en todas las casas antiguas, había una mesa redonda y unos muebles de madera bastante viejos, con espejos. En el living hacíamos de todo, jugábamos a las cartas, dibujábamos, contábamos historias, comíamos y nos reíamos mucho. A la casa de la abuela, iban muchas personas, porque como ella lavaba la ropa de todo el barrio, la gente iba a buscar la ropa limpia y se quedaba un rato a hablar, muchas veces, casi todos eran medio amigos de ella, era una persona muy querible.

Con el Víctor, mi mejor amigo, hacíamos de todo, jugábamos mucho a los ladrones y policías, teníamos una colección de armas de madera fabricadas por nosotros que era genial, durante mucho tiempo nos dedicamos a fabricar nuestras propias armas, era mucho más divertido que comprarlas hechas, además el padre del Víctor era carpintero y por este motivo teníamos la materia prima de regalo, en una de las habitaciones que estaba en el medio del largo pasillo de la casa, mi abuelo Gabino (el hijo de Ángela) guardaba repuestos, él era mecánico, esa pieza era genial para nosotros porque estaba llena de frasquitos con tornillos, tuercas, y piezas de autos, con todas esas cosas más la madera que traía el Víctor, nosotros ideábamos las armas más letales para nuestros juegos y como la casa era grande nos escondíamos para que sea difícil encontrarnos.

A la siesta cuando el aburrimiento era mucho, con el Víctor inventamos un “juego”, no sé si alguien nos dio la idea o si fue 100% nuestra, pero la cosa era así: Armábamos un rollo de billetes viejos y arriba de todo poníamos uno nuevo, y atábamos el rollo con un hilo, de esos de coser la ropa, el hilo era muy fino, entonces de lejos no se veía; entonces poníamos el rollo en el medio de la vereda, y nosotros nos escondíamos adentro de la casa y espiábamos por una rendija de la puerta, cuando alguien pasaba y veía esa cantidad de billetes, obviamente se agachaba para juntarlos, probablemente pensando “Esta es la mía”, y en ese preciso instante, antes de que la víctima pueda agarrar los billetes nosotros tirábamos del hilo, al mismo tiempo mirábamos la cara de la persona, y no podíamos parar de reírnos, eran carcajadas eternas, risas de esas que no se pueden parar, picardía y alegría al mismo tiempo.

Una vez yo quería una bicicleta, una de esas BMX, se habían puesto de moda y a mí me encantaba andar en bici, yo ya tenía una bici vieja restaurada, pero quería una BMX, para hacer piruetas, willy y saltar y esas cosas, le pedí la bicicleta a mi mamá y la respuesta fue clara: —No tengo plata. Le pedí la bicicleta a mi otra abuela, la Dora, y la respuesta fue la misma: —No tengo plata. Sale cara esa bici. Creo que le pedí la bici hasta a Dios. En ese momento yo era un poco creyente, después de insistir perdí la esperanza… y un día viene la Abuela Ángela y me dice: —Nene, ¿vos querés la bici? Yo te la compro. No sé de dónde voy a sacar la plata, pero de algún lado va a salir, y esa misma tarde fuimos con la abuela a comprar la BMX, yo no lo podía creer, cómo la persona más pobre de la familia me compró la bici, sin dudarlo. A partir de ese día no paré de andar en bici, andaba todo el día en mi BMX, aprendí a hacer willy, me hice realmente muy bueno en eso, hacía willy desde la mañana hasta la tarde y podía andar en una sola rueda todo lo que yo quisiera, ya era famoso por eso en mi barrio y sin darme cuenta, esa fue la primera vez que empecé a desarrollar mi habilidad por tener una pasión, y NO, no me salió solo, la Abuela fue la que me motivó a eso, me dio el mejor ejemplo de mi vida, cuando alguien ama y tiene fe, las cosas salen bien.

No sé si alguna vez volví a sentir lo que sentía en esa casa, no sé si era que yo era un niño, y hacía que el tiempo, por ejemplo, no me importara; o si realmente esa casa tenía una magia, yo creo que sí que la tenía…

Intervención de IA: I1/5 — corrección de ortografía, puntuación y formato; título autorizado por Gastón. Ver la escala completa

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