Sin levantar el lápiz

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Don Mario

Página 9 · Domingo 2 de agosto de 2026.

Anoche no soñé con nada, o no me acuerdo de nada al menos, si es que pasó. Pero me acordé de una historia que merece ser contada. Fue así: yo tenía como unos doce años... ponele, y un viernes de invierno decidimos ir a pescar con Sergio, que es el marido de mi mamá, o sea mi padrastro, y mi tío Raúl, que en ese momento estaba vivo.

En fin, nosotros siempre íbamos a pescar. Era el hobby de la familia, a todos nos gustaba la pesca, y por eso una vez compramos una lancha. Pero bueno, en la época de esta historia no teníamos lancha todavía, entonces fuimos al Leyes los tres. Fuimos en la camioneta Falcon que tenía Sergio, una blanca. Estaba bastante buena.

Bueno, empezamos a preparar las cosas: las cañas, los reels, las líneas, la caja de pesca, el sol de noche, el mate, por supuesto, y no mucho más que eso. Fue una decisión improvisada. Lo pasamos a buscar a Raúl, que vivía en el sur, y fuimos al Leyes.

Después de algo así como una hora de viaje y de pasar la ruta 1 completa, que en ese momento sólo tenía un carril por mano, pasamos dos puentes y el paisaje empezaba a cambiar. Los ranchitos, la vegetación, los puentes y el río me hacían sentir que estábamos en Jamaica, aunque yo en ese momento no sabía ni lo que era Jamaica, pero lo sentía.

Al fin llegamos al rancho de Don Mario y su mujer, Palmira. Lo primero que hicimos fue comprarle carnada: «Acá tienen unos triperos frescos de los sábalos que destripé anoche...». Después de eso nos explicó que nos iba a llevar a un lugar que era un «buen pesquero».

Sin mucho más que decir, cargamos todas nuestras cosas en la canoa de Don Mario y él empezó a remar. La cara de Raúl y Sergio era de alegría. Estábamos yendo a pescar a un lugar que sólo Don Mario conocía, seguro íbamos a sacar algo. Después de unos treinta minutos de remo, o algo así, llegamos. Era una islita en el medio del río.

Dibujo en crayón de Don Mario remando con Gastón, Sergio y Raúl en una canoa sobre el río

—Acá los dejo, muchachos. Mañana los vengo a buscar...

Bueno, nosotros re contentos nos fuimos a explorar el lugar por un camino de muchos yuyos, árboles, camalotes... inmensidad... En el camino me dan el mate para que lo lleve. No me acuerdo por qué lo tenía que llevar yo.

Al fin... volvimos de la excursión. Raúl me dice:

—Gastón, dame el mate y la bombilla, así hago unos mates...

Le doy el mate y le digo:

—Yo no tengo la bombilla...

Me dice:

—Sí, la tenés vos. ¡La perdiste en el camino, boludo!

Ellos siempre me echaban la culpa de todo. Al único boludo de doce años que los acompañaba en sus locuras, o sea, yo. En fin, no teníamos para tomar mates, ni tampoco para comer ni mucho más, porque la pesca había sido improvisada. Me re putearon un rato por haber perdido la bombilla.

En eso... se hizo de noche y estaba bastante nublado... Empezaron los truenos y nos empezamos a mirar... Creo que todos pensamos lo mismo sin decirlo: «Estamos en el medio de la isla, sin carpa, sin comida, sin mate y sin lancha ni bote, y se está por largar a llover».

En el medio del viento de la tormenta empezamos a armar una choza apurada, porque ya se venía la tempestad. La hicimos abajo de un arbusto que no llega a ser ni árbol. Con unas ramas improvisamos nuestro refugio y lo inevitable llegó: se largó a llover con toda. La temperatura, que ya era un poco baja, bajó más... y en ese punto la lluvia no mermaba.

Raúl entró en pánico por tan triste situación. Salía de nuestro pobre refugio y cada cinco minutos gritaba:

—¡Don Marioooooooo! ¡Don Mariooooooooo! ¡Auxiliooooooooo!

Y a los diez minutos de nuevo:

—¡Don Marioooooooo! ¡Don Mariooooooooo! ¡Auxiliooooooooo!

En ese punto me puteaban por haber perdido la bombilla y no teníamos ni mate para tomar. Por suerte, no sé cómo, Raúl había traído unos saquitos de café. Entonces prendimos un fuego abajo de la choza —no sé cómo hicimos para lograr eso— y pudimos tomar un café, que en ese momento fue como si hubiésemos tomado el mejor café colombiano del mundo, pero era La Virginia en saquito.

La lluvia no paraba. Truenos, relámpagos y nosotros prácticamente abajo de la lluvia, porque la choza no frenaba ni un poco el agua que caía desde el cielo. Mi tío gritando, llamando a Don Mario, y no, Don Mario nunca llegaba. Mirábamos al río, se veía infinito, el cielo se veía infinito... y nos empezamos a reír. Los tres solos en una isla desconocida en Arroyo Leyes, pasando frío, hambre y desolación.

La noche transcurrió. Don Mario nunca vino... Mientras iba pasando el tiempo me fui sacando la ropa, que estaba hecha sopa... de mojada, y en un punto me quedé en calzoncillos, porque era menos sufrimiento que estar con la ropa puesta. Mi tío Raúl y Sergio tenían cara de preocupados... por mí.

No sé cómo sucedió, pero se hizo de día —recuerden que estábamos desde las seis de la tarde en la isla y se largó a llover como a las ocho de la noche—. Pasaron algunas horas y Don Mario llegó a las diez de la mañana. Nos pusimos re contentos. Salí de la choza, o lo que quedaba de ella, como pude. El pasto tenía hielo y yo estaba descalzo. Al pisarlo no aguanté más, me largué a llorar. Don Mario me puso una frazada seca y nos fuimos...

Creo que no volví a tener una situación extrema como esta en mi vida... de tanta desolación y a la vez intimidad entre tres personas. Dieciséis años después, por algún motivo, me vine a vivir al Leyes, donde tengo mi casa y vivo hace más de diecisiete años. Nunca más volví a ver a Don Mario.

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